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Compartir la vida

 

 

 

 

Compartir la vida, consciente de repartir algo importante, lo hacías cada día con respeto y acción de gracias. Por entonces, las espigas que a la luz del sol advertían un color anaranjado, se inclinaban anhelando la cosecha. Eran momentos tan suaves como pasear por el campo de tu mano. Aunque a medida que iba creciendo nuestra intimidad, yo sabía que, sin saberlo, algo nuevo nos esperaba. Vale decir que a través de esos momentos fugaces en que la vida cambia el estado de consciencia, una parte del todo ve, viaja, y camina. Además, yo intuía que me iba incorporando a la continua provisionalidad, aun sin noticias. Y todo esto me lo decías en silencio, convencido de la eficacia de una rutina llevada con alegría. De tal forma que, como un punto de luz que reproduce el trigo en mi alma, aceptaba tus exigencias. O, viceversa; todo estaba igual y distinto, a la espera de poner flores en una vasija y llenar de vida todos los rincones de la casa. Aunque, yo prefería dejar a oscuras la ventana de mis revelaciones para no precipitar los acontecimientos. Es como si todo transcurriera gracias a la quietud de una familia sencilla, sin darme cuenta de lo que significaría con el tiempo. A fin de cuentas, cuando una luz palpita en el interior, hasta lo más oscuro se deja ver de alguna manera iluminado. Siendo así, ¿habría algo o alguien que pudiera arrancar la llama del deseo que arde en lo más profundo del ser? Tal vez hay que esperar y compartir la vida;

vivir como si no hubiera pasado el tiempo.

Colección Experiencias de Paz. Foto con historia número 91 escrita por Carmen Rafecas. Imagen publicada libre de derechos de autor vía pixabay.

El despertar de la vida moral

El despertar de la vida moral exige ponerse al mismo nivel que los niños. Es decir, saber crear un clima de familiaridad, que facilite hablar confiadamente de los pequeños problemas. Así, se desvela el acercamiento, y un sentimiento de amistad fluye. O bien, la fraternidad hace posible que los padres den a conocer a los hijos el origen de la vida. Por ello, anticipándose a su natural curiosidad, les dan una libertad apropiada, para que aprendan a administrarla con responsabilidad personal. De modo que, acomodándose a su capacidad de comprender, se evita la separación en el afianzamiento del cariño. Si bien, con el paso del tiempo, los grandes ideales de la juventud, se reciben con mayor entusiasmo, cuánto más joven se mantiene un corazón adulto. En cambio, si no se respeta la autonomía, no hay compromiso ni verdadera educación. Por esa razón, corresponde a los padres transmitir el encanto de una vida sencilla, siempre envuelta de sinceridad. De este modo, sin hacerlo pesar, se dan cuenta los hijos de la abnegación que han hecho por ellos. De tal forma que, aunque la deuda con los padres esté siempre presente, la correspondencia de los hijos sea de cariño agradecido. El resto, son insignificancias que el tiempo supera con un poco de perspectiva y de sentido del humor. En fin, el despertar de la vida moral, natural y sobrenatural;

se hace en el calor del hogar.

Colección Experiencias de Paz. Foto con historia número 65 escrita por Carmen Rafecas. Imagen publicada libre de derechos de autor vía pixabay. 

La vida escondida

La vida escondida que se encamina, celebra la ingenuidad humilde que rodea el nacimiento de un niño. Desde entonces, cualquier situación por pequeña y corriente que parezca, se transforma en un andar divino. O bien, el amor familiar se manifiesta en el sosiego en el que se enfocan los problemas, pequeños o grandes. Esto es, con la ilusión que se llena el equipaje, se persevera en el cumplimiento del propio deber. Así, lleno de alegrías y posibles sinsabores, separa las propias preocupaciones para atender a los demás. De tal modo que, para mostrar que de verdad se les quiere y se les comprende, cada cual debe ser respetado para una adecuada convivencia. Lo mismo que, en sentido figurado, para tratar a un gato se debe pensar como un gato. Así, aunque se mantenga a distancia y se retire a su rincón para observar, una vez se rompa el hielo, se transformará en un animal muy unido a los suyos. Por tanto, la existencia sencilla permite conocer y amar cada día, las pequeñas ayudas de la convivencia diaria. Es decir, nos enseña que la norma del buen vivir no debe ser la búsqueda egoísta de la propia satisfacción. Mientras que, sólo quien se olvida de sí mismo, llega a amar a los demás. Entonces, cuando se tropieza con el dolor, el amor revela su verdadera naturaleza con un afecto cierto y profundo. De hecho, la vida escondida, por encima de las pequeñas contradicciones diarias;

crea, con cariño, un auténtico ambiente de familia.

Colección Experiencias de Paz. Foto con historia número 64 escrita por Carmen Rafecas. Imagen publicada libre de derechos de autor vía pixabay. 

La sal de la vida

La sal de la vida buena es para dar sabor a la comida, y vivir en paz unos con otros. Es decir, sazona tanto la convivencia como el pan de la hospitalidad, sin que se note su sabor. O bien; cuando se reparte de acuerdo con las delicadas exigencias de la vida comunitaria, tal es el beneficio de la unidad y la paz. Sin embargo, sean muchos los beneficiados, pero confidentes sólo uno entre mil. Pues hay amigos de ocasión, que no resisten en la adversidad. Mas no actúa así un amigo fiel, que dosifica la sal como medicina, porque ve en el otro un reflejo de sí mismo. Entonces surge el amor fraterno entre los iguales, y se desea el bien más sincero. No obstante, condición indispensable es para todos, saborear como un niño que recibe sin cálculos, lo que se le ofrece. De este modo, con humildad, receptividad y gratitud, se pone por entero el corazón, en todo aquello que se recibe. O en otras palabras; las especias no van por cualquier ruta, ni avientan su grano con cualquier viento, y cuantos itinerarios emprenden tienen buen fin. Por el contrario, si la cantidad de especias que se prueba no es la apropiada, aportan un sabor desagradable. Esto es como gustar lo que no gusta y sin embargo, ahondar en lo inmoderado. Así se va acostumbrando el paladar, a las diversas propiedades de los alimentos. De tal forma que si la sal de la vida, medida y derramada en la tierra, se encuentra con la sabiduría prudente;

se distribuye para que se vea, la misma desde hace varios siglos.

Colección Experiencias de Paz. Foto con historia número 49 escrita por Carmen Rafecas. Imagen publicada libre de derechos de autor vía pixabay. 

La llama del amor

La llama del amor perdona con caricias y, al mismo tiempo, exige no volver a faltar. Pues, en verdad, ¿quién se puede permitir juzgar a nadie sin escucharlo primero y descubrir qué ha hecho? A continuación, ante tal justicia establecida, los escritos y palabras revelan las intenciones del corazón. Es decir; lo mismo que un delito puede resultar condena, así también un acto de justicia resulta justificación. Moralismo que enseña a comprender y amar antes de juzgar. Con todo, si la conciencia no se agita, no por eso queda absuelta. O bien; sin modestia ni medida, resulta difícil ser consciente de las propias incongruencias y resolver mejorar. Pues, en el fondo, no se trata de confundir la razón con la justicia sino de contraponer el odio con amor, el egoísmo con generosidad. Consecuentemente, es obligado mantener el corazón tan libre que resulte espontáneo amar sin reservas. Es entonces cuando, a fin de no determinar antes de tiempo, la llama emite una luz prodigiosa que pone al descubierto lo que esconde la oscuridad. De esta forma consigue dar la importancia que merece cada cosa, fija la mirada en lo primordial, y reconduce lo perecedero a su intranscendencia. En cualquier caso, ardiente y brillante, mantiene el amor como causa de actuación, y, en definitiva;

transforma la convivencia.

Colección Experiencias de Paz. Foto con historia número 34 escrita por Carmen Rafecas. Imagen publicada libre de derechos de autor vía pixabay.

En busca de una sonrisa

En busca de una sonrisa que le hiciera feliz, se encontró con una doncella a la que cuidar y custodiar. Su corazón se reveló como un acto de confianza recíproca, del mismo modo que en su presencia y en su ausencia habitó en ellos la fidelidad. Se amaban y esto les bastaba. Sus miradas, besos y caricias les hicieron mucho bien. Y a pesar de que el salario no les alcanzaba para vivir;

buscaron el equilibrio en su hogar y descubrieron la verdadera belleza.

Post escrito por Carmen Rafecas.