La obediencia

La obediencia crece en la medida en que cuanto menos se interponga la voluntad personal en el quehacer habitual, mejor se presta la acción enérgica en la travesía. O bien, dicho en otras palabras; los títulos no nos son tan propios que nos sea inalcanzable renunciar a ellos, a condición de dejarnos conducir y amar por Aquel que mide el alcance de las aspiraciones más profundas. La gran dificultad está en modelar a un alma interiormente dócil y obediente. Lo mismo que en realizarlo enérgicamente, pese a todas las divergencias humanas interiores y exteriores. Con todo, esto no es más que vivir el camino de la infancia que en su admirable inmensidad, es alcanzable al simple fiel amado. Así, en absoluta dependencia, la voluntad humana se conforma a la voluntad divina. Es decir, dicha relación filial va tan lejos que no actúa sino bajo el impulso extraordinario del amor que encamina el ejercicio de la obediencia en el proceder habitual. De hecho, comprender y practicar el modo de comportamiento correcto es la vía para lograr entrar en su confianza. Así, una señal puede en adelante obligarnos, ceder y prohibirnos el paso, según las resoluciones que nos sean manifiestas. Por tanto, en la medida en que la satisfacemos, la obediencia;

se descubre en la senda del amor.

Colección Experiencias de Paz. Foto con historia número 140 escrita por Carmen Rafecas. Imagen publicada libre de derechos de autor vía pixabay.