La vida escondida

La vida escondida que se encamina, celebra la ingenuidad humilde que rodea el nacimiento de un niño. Desde entonces, cualquier situación por pequeña y corriente que parezca, se transforma en un andar divino. O bien, el amor familiar se manifiesta en el sosiego en el que se enfocan los problemas, pequeños o grandes. Esto es, con la ilusión que se llena el equipaje, se persevera en el cumplimiento del propio deber. Así, lleno de alegrías y posibles sinsabores, separa las propias preocupaciones para atender a los demás. De tal modo que, para mostrar que de verdad se les quiere y se les comprende, cada cual debe ser respetado para una adecuada convivencia. Lo mismo que, en sentido figurado, para tratar a un gato se debe pensar como un gato. Así, aunque se mantenga a distancia y se retire a su rincón para observar, una vez se rompa el hielo, se transformará en un animal muy unido a los suyos. Por tanto, la existencia sencilla permite conocer y amar cada día, las pequeñas ayudas de la convivencia diaria. Es decir, nos enseña que la norma del buen vivir no debe ser la búsqueda egoísta de la propia satisfacción. Mientras que, sólo quien se olvida de sí mismo, llega a amar a los demás. Entonces, cuando se tropieza con el dolor, el amor revela su verdadera naturaleza con un afecto cierto y profundo. De hecho, la vida escondida, por encima de las pequeñas contradicciones diarias;

crea, con cariño, un auténtico ambiente de familia.

Colección Experiencias de Paz. Foto con historia n. 64 escrita por Carmen Rafecas. Imagen publicada libre de derechos de autor vía pixabay. Debate en facebook y google plus.