La reconciliación

La reconciliación sostiene la mano de la justicia. Es decir, entregada totalmente a su dueño, basta que con la mano le haga una señal, para que sus ojos estén mirándole atentamente. De tal suerte que no necesita que le diga ni una sola palabra, para cumplir su voluntad. En realidad, la única pregunta que tenía que hacer prudentemente, ya la ha hecho. Por tanto, si se trata de buscar soluciones, no le queda más que ponerse en sus manos y dejar hacer. Así, dócil y humilde, no discute, no replica y obedece, firme hasta el final la actitud del principio. Sin menoscabo de que si alguna explicación es necesaria la dará. Porque si la edad no tiene la exclusiva del éxito, está claro que la persona por experimentada que esté, puede errar perpetuamente. O bien, a efectos prácticos, sin saber lo que podemos, la incitación descubre lo que somos. Lo mismo que en las situaciones adversas se ve cuánto uno ha aprovechado. Y tanto ha aprovechado, cuánto más se ha fortalecido. Así, por el hecho de haber padecido en silencio, puede dar luz a los ojos, restablecer a las personas, e integrarlas a la convivencia comunitaria. Esta es la causa por la que la reconciliación auxilia la mano de la justicia; a imagen de la cautiva, por el amor a su dueño, alegre siempre a la noche, que emplea bien el día. Cuál compañera generosa, en la era de la libertad;

coopera para la restauración de la vida.

Foto con historia número 43 de la colección Experiencias de Paz escrita por Carmen Rafecas. Imagen libre de derechos publicada vía pixabay. Debate en facebook y google plus.