El movimiento de acercarse

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El movimiento de acercarse implica la disposición previa de atención, sensibilidad y escucha. De hecho, dos mil años han pasado y un niño no se desilusiona de la Navidad. En sus manos hay un gesto de entrega, como si lo saboreara en el silencio con olor a golosinas. Ese amor que se alimenta en el pan compartido, huele a infancia y se hace ternura. Esa señal que brilla en la oscuridad y acaricia con delicadeza a los desorientados que, aún sin saber qué ver, la buscan. Pues ahí, a lo alto del monte, figura una niña que ve un amor mayor, envuelto de justicia y de verdad. Un amor que, conmovido por la sencillez que no maquilla el alma, guarda los corazones sin prejuicios, en un lugar seguro. Por tanto, un corazón guardado bajo su poder, no caerá en una ilusión formal. Si bien podrá tomar la mentira por la verdad, tarde o temprano conocerá su falta, y cuando la conozca, no insistirá en sostener lo que había creído verdadero. O bien, dicho en otros términos, la noche no le impedirá emplear otras capacidades contrarias a los sentidos de la vista y del oído, si abre el corazón a la voz interior. De ello depende la sensatez y la prudencia que, sin violencia, acude a la mente y produce consuelo. Un camino azucarado en el que no se encuentra ninguna limitación. Así, lo mismo que para el que ama nada es obstáculo, el movimiento de acercarse;

cura las heridas del camino.

Foto con historia número 37 de la colección Experiencias de Paz escrita por Carmen Rafecas. Imagen libre de derechos publicada vía pixabay. Debate en facebook y google plus.